Este año mi hijo mayor cumplirá catorce años y yo aún recuerdo la primera vez que se subió a un árbol, a lo que a mi me parecía una altura demasiado considerable. Entonces vivíamos en un pueblo en la sierra de Collserola y salíamos a pasear a nuestro perro por un bosque cercano y Eudald siempre se entretenía en su árbol favorito, una encina de tronco retorcido. Siempre jugaba a escalarlo pero al principio no subía más de metro y medio, hasta que se sintió preparado… Y entonces me asaltaron los miedos: ¿y si se cae? ¿cómo va a bajar?. Esa vez, y muchas otras, frustré su aprendizaje con mi ¡ten cuidado!.

No hay nada mejor como una advertencia vacía para boicotear las experiencias de nuestros hijos.

Digo “vacías” porque el “ten cuidado” o “el vigila” no aportan información (un poco como el “muy bien” del que ya os hablé) por lo que en lugar de ayudar a nuestros hijos en la gestión de riesgos, únicamente les distraen o les trasladan nuestros miedos así que hoy voy a daros alternativas que a mi me han ayudado.

Si tengo que resumir los principales cambios que han acontecido estos años de crianza de mis cuatro hijos, sin duda la gestión de riesgos ocupa un lugar importantísimo. Por un lado he aprendido a confiar en mis hijos. Observándoles con detenimiento he aprendido a ser consciente de dónde están sus límites en todo momento y me he dado cuenta de que ellos lo tienen muy claro también. Esto me ha ayudado a superar muchos miedos. Por otro lado, he aprendido a acompañarles de forma más constructiva pues el que mis hijos quieran afrontar nuevos retos a diario conlleva que se enfrenten a situaciones de riesgo: desde cruzar la calle a usar un cuchillo. Mi papel no es el de eliminar todos los riesgos (¡no puedo hacer que desaparezcan todos los coches del mundo esta noche mientras duermo!) sino el de ayudar a mis hijos a gestionarlos teniendo en cuenta sus capacidades individuales. Pero…

¿Por qué no debo decirles (chillarles) ¡ten cuidado!?

Como he dicho, por un lado les traspasamos nuestros miedos. El niño estaba tranquilo y confiado hasta ese momento en que nuestras advertencias hacen que le asalten las dudas. ¿Se me está escapando algo?¿Lo estoy haciendo mal? En ocasiones, esto puede llevar a que el niño decida evitar nuevos retos por miedo a equivocarse.

Otra opción es que se sientan molestos por demostrar falta de confianza en ellos. Puede que el niño piense: “Ya estoy siendo cuidadoso. ¿Es que no lo ve?”. Cada relación madre-hijo es diferente pero creo que la mayoría estaremos de acuerdo en que queremos basarla en el respeto, la confianza y la presencia.

Y, por último, el ¡ten cuidado! es demasiado inespecífico. ¿Cuidado con qué? En un momento que puede resultar crítico (piensa en tu hijo concentrado saltando de roca en roca para cruzar el riachuelo) podemos hacer que se distraigan (y caigan al agua) o se sientan confusos. Cuántas veces no habré generado yo el accidente con mis advertencias… Hace un par de años, cuando dije a Teia (entonces 2 años) que vigilara con la lata de lentejas para que acto seguido ella la cogiera con todas sus fuerzas y casi se rebanara un dedo. O estas Navidades cuando jugaba en un tobogán con su primito y mientras yo acababa de gritar mi advertencia ella caía desde la parte más alta lastimándose las costillas… Queremos ayudarles, no entorpecerles ¿verdad?

La cocina es uno de nuestros espacios educativos por excelencia pero está lleno de herramientas peligrosas: cuchillos, tijeras, horno, peladores, ralladores…

Alternativas al ten cuidado

En mi trabajo como guía de Escuela Bosque uso mucho la clasificación de riesgos de Ellen Sandseter porqué es simple y puede aplicarse a nuestra vida como padres. Básicamente tenemos 6 tipos de riesgos en función de que impliquen alguno de estos factores:

  • alturas: que trepen rocas o árboles, que se asomen a la ventana o el balcón…
  • velocidad: correr en terrenos irregulares, ir en bici, patines…
  • herramientas peligrosas: cuchillos, tijeras, herramientas de jardín…
  • elementos peligrosos: fuego, agua, vehículos, rocas, palos
  • juegos bruscos: recrear peleas, tirar objetos
  • alejarse de la persona adulta: no podemos ver qué hacen

Prácticamente todas las situaciones en que la integridad física de nuestros hijos corre peligro están dentro de estas 6 categorías pero yo le añado una más, tan importante como el resto juntas:

  • integridad emocional. Hay muchas situaciones en que el bienestar emocional de nuestros hijos puede verse comprometido y, aunque en estas situaciones normalmente no intervenimos con un “ten cuidado” creo que es importante remarcar que no todos los riesgos hacen referencia a la integridad física.

Los niños tienen necesidad de apartarse de la mirada adulta y es bueno encontrar situaciones en que puedan sentirse a su aire. Mirar sin ser visto es todo un arte.

 

Para evitar las advertencias vacías, la estrategia que sigo es muy parecida a la que os expliqué para resolver conflictos en cuatro pasos.

1.Primer punto y más importante: para, muérdete la lengua y revisa tu miedo. ¿Es un miedo con razón de ser?.

¿De verdad es un peligro si se derrama el agua? ¿o puede resultar una experiencia educativa cuando le ayudamos a recogerla?

Está claro que queremos evitar peligros mayores pero debemos encontrar también el espacio para que nuestros hijos puedan experimentar y errar, es la mejor manera de aprender. Así que:

PARA: ¡Stop!

TOMA PERSPECTIVA: Reconoce tus miedos y haz un par de respiraciones profundas.

REFLEXIONA: Este es el periodo de enfriamiento, en que somos capaces de virar nuestro pensamiento. Hazte preguntas como:

¿Existe un riesgo real de lesiones graves?

¿Qué está aprendiendo mi hijo ahora?

¿Qué puede aprender si se equivoca?

Por supuesto, hay momentos en que no hay tiempo para pensar y tenemos que actuar de forma inmediata. Si nuestro hijo de dos años sale a la carrera directo hacia una carretera vamos a correr a pararlo, nada de respirar y reflexionar. Pero la verdad es que en la gran mayoría de situaciones nos daremos cuenta de que no existe un riesgo real.

 

2. Actúa. Si decides hablar, hazlo de forma constructiva. Aquí tienes algunas ideas:

  • Amplíar su percepción: si has identificado un riesgo y quieres estar segura de que tu hijo es consciente de este, se específica y descriptiva.
    • ¿Has visto/notado/reparado en…  que la rama es muy delgada y no aguantará tu peso, que el suelo resbala y es fácil caerse, qué hoyo tan grande hay ahí enfrente, que tienes el cuchillo del revés, que hay un cruce con mucho tráfico ahí delante…?
    • ¿Te sientes seguro  ahí arriba? Tienes una gran caída desde tan alto.
    • ¿Te sientes seguro cerca del fuego? Debe quemar mucho.
    • ¿Te sientes seguro usando un cuchillo tan afilado*…? Debe cortar mucho.

Si creemos que ellos sólos pueden entender el riesgo implícito de nuestras preguntas de ¿Te sientes seguro? podemos obviar la segunda parte en que explicamos nuestro miedo y dejar que lleguen ellos a sus conclusiones.

    • Estoy aquí si me necesitas: cuando los ves forcejear o esforzarse mucho con algo y temes que el reto sea demasiado para ellos está bien recordarles que estamos ahí.

 

  • Fomentar la resolución de problemas:
    • ¿Cómo planeas… bajar del árbol, cruzar el río, subir a esa cima, cruzar la calle…?
    • ¿Qué puedes usar… para cortar esa manzana, para hacer el agujero, para arrastrar este tronco…?
    • ¿Cual va a ser tu próximo movimiento?
    • ¿Crees que puedes dañar a alguien?

 

  • Hablar en primera persona y demostrar: esta es una forma muy directa pero a la vez respetuosa de revelar riesgos sin ser autoritario. Se trata de ser informativo, útil y específico sin emitir juicios.
    • Voy a apartarme porqué no quiero que me hagáis daño con estos palos (mientras nos apartamos de la zona en que están luchando con palos)
    • Yo siempre compruebo los troncos antes de subirme a ellos (al tiempo que lo demostramos)
    • Yo siempre cojo la manzana así para evitar cortarme (al tiempo que lo demostramos)
    • Yo siempre me aparto de los columpios para que no me golpeen. ¡Es muy divertido columpiarse alto! pero es muy difícil parar rápido si alguien pasa cerca

 

  • Usar lenguaje positivo: ante el peligro (real o imaginario), cuando no usamos una advertencia vacía tenemos tendencia a usar negaciones, demasiadas negaciones. Pero siempre podemos darle la vuelta y usar afirmaciones (descriptivas a poder ser) en su lugar:
    • No corras —> Andamos despacio para cruzar la carretera/en las pendientes o mejor aún: ¿Te sientes seguro corriendo con el suelo mojado? (Parece muy resvaladizo)
    • No tires piedras —> Tiramos piedras sólo dónde no podemos dar a nadie. ¿Buscamos un lugar adecuado? o mejor aún: ¿Te parece seguro tirar piedras aquí? (Hay mucha gente) o ¿Crees que puedes dañar a alguien?
    • No chilles —> (Yo) Prefiero que me hables flojito (se lo decimos con voz suave)

 

 

La idea es evitar sinónimos del “vigila” o el “ten cuidado” como puede ser un “presta atención”. No queremos darles una orden que puedan obedecer o desobedecer sino invitarles a hacerse las preguntas necesarias que les ayudarán a cuidar de ellos mismos.

 

De la mano del evitar el ¡ten cuidado! debería hablar también del reducir el no. Los adultos solemos prohibir demasiadas cosas a los niños por nuestros propios miedos y percepciones erróneas de lo que podría salir mal y lo que ocurriría como resultado pero muchas otras veces decimos no por inercia o por evitar pequeños accidentes: ensuciarse, mojarse, derramar agua… Si aprendemos a ver estos pequeños accidentes como oportunidades para el aprendizaje se hace algo más fácil el tener paciencia 😉

¿Has vivido alguna situación para la que no tienes alternativa? Explícamela en los comentarios, me gustará mucho ayudarte.

*En casa tenemos más opciones para controlar a qué queremos exponer a nuestros hijos, si un cuchillo (o inserta aquí lo que te parezca) te parece inadecuado, haz cambios para que no esté a su alcance y ves adaptándote a medida que crece.

 

Si mi texto te ha ayudado, compártelo. Un pequeño cambio puede ser un gran cambio.

 

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