Ya estamos en otoño y aunque está siendo un otoño caluroso es poca la gente que va aún a la playa pero por contradictorio que parezca, es cuando más me gusta ir a mi. La playa se convierte en un remanso de paz. Quedan muy lejos las aglomeraciones del verano e incluso es posible encontrar alguna concha, cosa que en verano prácticamente sólo se encuentra en las tiendas de souvenirs.

Ahora la playa nos queda un poco lejos y nos cuesta más hacer escapadas pero en casa tenemos un arenero y hace unos días mi padre nos trajo un montón de arena de playa para re-llenarlo. A mis tres macarrons les encanta jugar con agua y arena y el otro día decidimos inmortalizar nuestras huellas.

Usamos un poco de yeso para manualidades que mezclamos con agua siguiendo las instrucciones del fabricante (una parte de yeso por cada parte de agua) y llenamos las huellas de nuestros pies y manos que habíamos dejado sobre la arena mojada.

 
 

Pusimos cordeles y pomos en el yeso aún blando para poder usar nuestras huellas en puertas y cajones, colgarlas, etc…

Ahora tengo el piececito de mi sobrino en una de las puertas de uno de los muebles del comedor y me encanta ver esos dedillos de bebé todos encogiditos hacia dentro.

Esta vez cazamos nuestras propias huellas pero también es muy divertido intentar ir de excursión a cazar huellas de animales.

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